Ayer a eso de las 4 de la mañana al terminar de ver una conferencia de Hernán Casciari sobre la muerte de los blogs y el uso del mismo por gente que no tiene nada que decir o contar, que no son generadoras de contenido, decidí hacer el mío.
Aun que no estoy seguro de que querrá decir exactamente Hernán cuando dice la palabra “contenido”. Cualquier persona que logre escribir varias líneas diarias, semanales o mensuales para contar como le fue la noche anterior o cuanto le gusta el nuevo disco de Fito, tiene un cierto mérito y de alguna manera, más frívola o mas seria, genera contenido.
Digo esto, porque no tengo nada serio para contar, no tengo personajes a desarrollar ni tampoco creo que mi vida sea lo suficientemente caótica y excéntrica como
Pero me gusta escribir y muchas veces no tengo destinatarios y si los tengo, no tengo la cara para obligarlos a leer un montón de ideas dispersas que a veces ni molesta ni gusta, totalmente insípidas. El mail es un compromiso que uno asume al crear su cuenta sin saberlo. Nadie te dice que a partir del momento en que uno se registra está obligado a leer lo que le escriben los demás.
Es una falta de cortesía, una indelicadeza y hasta un acto grosero no haber leído tal o cual mail que te envió tal o cual persona. Y como si no fuera suficiente, se convierte en una situación embarazosa cuanto el remitente insiste e inocentemente pregunta si leíste el mail que te envió la semana pasada, si viste las fotos o (lo peor de todo) que opinión te merece la masacre de los delfines en la costa danesa. Creo que la descortesía, la indelicadeza y mas que nada, la grosería está en preguntar sobre el mail escrito, y si encima, éste era una cadena, razones para ignorar a esa persona sobran.
Ya ocurría esto con las cartas, y la gran diferencia estaba en que llevaba más tiempo enviar una carta y costaba dinero. En ese entonces uno no andaba por ahí escribiendo cartas a todas las personas de su agenda. La actividad de escribir y recibir cartas se limitaba a los amantes, a los exiliados, a los amigos, a los hijos, a lo que tuvieron éxito en algo, a los soldados, a las familias de los soldados, a las viudas de los soldados, a los famosos, a los que están realmente solos, a los viajeros, etc. Y entonces no era una obligación, era un placer.
Yo nací en una era en la que las cartas daban un último suspiro antes de morir y recuerdo a las 13 o 14 años haber recibido la única carta de mi vida, con mi nombre en el sobre, a mano y de otro país. Era de una uruguaya mayor que yo con la que flirteaba en un chat. Y fue maravillosa, porque fue un gesto de amor en una carta que no era de amor.
Fui creciendo y por mi mail (que tengo desde los 9 años) pasaron y siguen pasado infinidades de mails, de amor, de amigos lejanos, de cursos de verano, mails para saber quien es la persona que nunca mas me enviará mails porque me eliminó de su lista de contactos, para alargar mi pene, para salvar a los totobiegosodes, para decirme que me odiaban, para recibir contraseñas y otras miles de razones.
Hoy en día, las cartas electrónicas de mis viejos, amigos, amantes y ex-amantes, todavía me llenan de alegría, aunque ya no tengan sabor a distancia, a esmero por una buena letra, borrones y hojas desperdiciadas, y que encima ahora puedas saber de que se trata (con el subject), saber cuanto se ha escrito e inclusive si te mandaron fotos, por la cantidad de Kbs, sin la necesidad ni siquiera de abrirla.
Tal vez por esa simple razón: mi disgusto ante los mails que todos los días soy obligado a leer, mas, mis ganas de escribir y como dije al principio, la conferencia de Hernán (y orsai.es, obviamente) finalmente “publico mi blog”.
Me Pregunto si el gordo Casciari se hará cargo de todas las personas que él, conciente o inconcientemente, inspiró a crear blogs sin contenidos y sin nada para decir que, ahora como yo, llevan en la frente ese molesto insulto tropical-centroamericano: "bloguero".
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